Ana Bertha Espín habla con esa seguridad mística que tienen las madres cuando se refieren a sus hijos. Jaime Lozano, el entrenador que irá al frente de la expedición de futbol a Tokio 2020, ha basado no sólo su carrera de futbolista, sino la actual de estratega, en la fuerza que le replica su madre.
Una simbiosis que se reforzó cuando atravesaron el divorcio y el chico que peloteaba todo el día en la calle, se fue a vivir con su madre, una actríz de telenovelas ajetreada siempre con las grabaciones. A Lozano lo llevó al América, “ahí empezó de portero, hasta que un día me dijo que quería ser jugador de cancha”, rememora Espín, convencida de que la inquietud espiritual de jugar al futbol, le venía de nacimiento, “siempre tuvo pelota de fubtol, nunca un carrito, nada de muñecos, no le llamaba la atención otra cosa”. Sin embargo, en el América hubo maltrato para Jaime Lozano y una junta de padres de familia se convocó en Coapa. Se hizo mística la camiseta de ‘Hecho en CU’ cuando ganaron los campeonatos con Hugo Sánchez y Lozano pasaba a formar parte entonces de una historia inolvidable para la afición Puma.
El Jimmy se había entrenado para una trayectoria que no conocía los pretextos y su madre estuvo siempre a su lado. Y aunque el periodo crepuscular en Tigres fue complicado, en Monterrey fue donde encontró a su esposa Caty con la que hoy tiene una familia.
Un motivo de su predisposición y de su sino fue siempre su comportamiento desde niño, “nunca me dio problemas, era meticuloso, ordenado, analítico. Tomó el divorció con sabiduría y apenas tenía 11 años, luego ya de grande me equilibraba, cuando tenía baches como madre siempre me daba la solución, mostró una madurez increíble”. Sin embargo, los rumbos eran distintos. Ana Bertha Espín era una actríz recurrente en telenovelas y debía atender llamados a grabación, incluso fuera de México, como en la etapa cuando Jaime Lozano fue adolescente y ella tuvo que pasar tres años no consecutivos en Perú