India es el segundo país más golpeado por el coronavirus (COVID-19) en el mundo; varias razones juegan en su contra: aunque ha vacunado a más de 90 millones de personas, es un porcentaje mínimo para sus habitantes, que superan los mil 300 millones.
El sistema de salud de India tiene problemas crónicos de subfinanciación, y el COVID-19 generó escasez crítica de oxígeno, medicamentos y camas de hospital. En muchas regiones, los pacientes mueren en los alrededores, sin poder siquiera acceder a los centros hospitalarios.
Para conseguir concentradores de oxígeno y ventiladores en hospitales de India, primero hay que localizarlos, luego encargarlos, y al final recibirlos desde otros países. Nadie responde en pocos días al desafío estructural que supone el deterioro del sistema de salud de este extenso y densamente poblado país.
Durante marzo y abril de 2021, ciudadanos de India celebraron ceremonias religiosas masivas, en las que no se cumplieron los protocolos de bioseguridad
India es una potencia regional, pero con altos porcentajes de pobreza. La crisis del COVID-19 ha llegado a tanto en la nación, que las autoridades sanitarias han tenido que implementar cremaciones colectivas al aire libre en recintos improvisados. La ayuda internacional demora, y los contagios aumentan. El escepticismo sobre la seguridad y eficacia de las vacunas COVID-19 es alto en India, particularmente en áreas rurales, por la desinformación a través de redes sociales y el boca a boca. Además, India es una nación con una identidad espiritual muy profunda, amén de una larga lista de diversos dioses.
El despliegue de las vacunas COVID-19 se produjo cuando el número de contagios en India se acercó a los 11 millones, y las muertes superaron 150 mil, sólo superadas por Estados Unidos, aunque con una población mucho mayor. En India se produce el antídoto desarrollado por AstraZeneca.